El estallido de la violencia
Alexander permanecía de rodillas, una postura que desafiaba toda su naturaleza orgullosa. Sus manos, las mismas que movían los hilos de un imperio financiero, temblaban mientras apretaban los dedos de Elena. Los besaba con una desesperación que bordeaba la locura, como si a través de su piel pudiera absorber el perdón que no merecía.
Elena lo miraba desde una altura que se sentía abismal. Las lágrimas empañaban su visión, pero su corazón, endurecido por tres años de