El silencio que grita
La habitación de Flor no era un refugio, sino una celda de cristal donde la ansiedad se manifestaba en cada rincón. Flor caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa, sus tacones marcando un ritmo frenético que parecía contar los segundos de una cuenta regresiva invisible. Se mordía el labio inferior, con la mirada fija en el teléfono que descansaba sobre la mesa de noche como si fuera una serpiente esperando el momento para atacar.
Cuando el aparato finalmente vibró