El eco de la tragedia
El asfalto estaba cubierto por una fina capa de rocío nocturno que reflejaba las luces de la ciudad como si fueran pequeñas heridas abiertas. Elena conducía con los nudillos blancos, aferrada al volante con tal fuerza que sus manos comenzaban a dolerle. Cada segundo que pasaba sin noticias de Alexander era una tortura. Su teléfono, descansando en el asiento del copiloto, vibró con violencia. Era su madre, Leonor.
—¿Mamá? —contestó Elena, su voz quebrándose, incapaz de ocul