Las manecillas del destino
La sala de interrogatorios de la comisaría era una caja de cemento gris, sin ventanas, iluminada por un fluorescente que zumbaba con una frecuencia casi hipnótica. Taylor Brown, acostumbrado a los despachos de lujo y a las salas de juntas donde el poder se medía en millones, se encontraba ahora sentado en una silla de metal atornillada al suelo. Sus manos, esposadas, descansaban sobre la mesa fría. No mostraba miedo, solo una indignación contenida que intentaba canali