Esa tarde, Gabriele se sentó en el café que solía frecuentar con Damián. Gabriele no podía apartar los pensamientos sobre Luka, los colores llamativos del atardecer hacía que todo a su alrededor pareciera una pintura, pero su mente estaba ocupada en otro lugar, pensando en los ojos oscuros de Luka.
Damián, como siempre, había notado su cambio de actitud. Había algo diferente en Gabriele: su creciente distancia, la manera en que su mirada se perdía en el vacío, como si aún estuviera atrapado en