El juez se levantó al terminar la jornada, su toga colgando como una sombra al borde del estrado. Su voz, sin adornos ni compasión, cortó el aire cargado de tensión:
—La sentencia será dictada en dos días. El tribunal se levanta.
Dos días. Cuarenta y ocho horas. Una eternidad contenida en un reloj invisible que empezaba a contar hacia atrás. Gabriele salió de la sala sin sentir las piernas. Caminaba, pero parecía flotar. Luciano iba a su lado, con su mano cálida entrelazada con la de él, recordá