Tres meses han pasado desde que el cielo sobre las Adirondacks se cerró, y todavía me despierto buscando el zumbido en mis oídos. Es una reacción instintiva, una memoria muscular del alma, me incorporo en la cama y, durante un segundo, espero sentir la vibración de los portales o el pulso eléctrico de Julian acechando en la red, pero no hay nada, solo el crujido de la madera vieja de la mansión y el sonido rítmico de la respiración de Alexander a mi lado.
Me levanté sin hacer ruido, la habitac