CAPITULO 27

Tres meses han pasado desde que el cielo sobre las Adirondacks se cerró, y todavía me despierto buscando el zumbido en mis oídos. Es una reacción instintiva, una memoria muscular del alma, me incorporo en la cama y, durante un segundo, espero sentir la vibración de los portales o el pulso eléctrico de Julian acechando en la red, pero no hay nada, solo el crujido de la madera vieja de la mansión y el sonido rítmico de la respiración de Alexander a mi lado.

​Me levanté sin hacer ruido, la habitación principal, que antes era un centro de monitoreo improvisado, ha vuelto a ser nuestro santuario, las paredes de piedra están cubiertas ahora por pesados tapices de lana virgen para combatir el frío que se filtra por las grietas que la batalla dejó en la estructura. Llevaba puesto un camisón de seda negra, liso y frío contra mi piel, y encima una bata de terciopelo verde bosque que Alexander me regaló para recuperar mi color.

​Caminé hacia el ventanal. Afuera, la primavera empezaba a lamer las
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