El sol de la tarde caía inclemente sobre el campo de béisbol. El bullicio de los fanáticos llenaba el aire, mezclado con el crujido de las gradas y el olor a palomitas de maíz. Scott ajusta su gorra mientras se posiciona en el plato de bateo, concentrado, moviendo ligeramente los hombros para aflojar la tensión.
—¡Vamos, Scott! —gritan algunos compañeros del banco.
El lanzador, un joven fornido con cara de pocos amigos, lanza la bola con fuerza. Scott, con la vista fija, se prepara para batear