Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, en el aeropuerto internacional de Cancún, descendía el jet privado de los Falcone. La aeronave, elegante y oscura, impuso respeto desde el primer instante en que sus ruedas tocaron la pista de aterrizaje.
Peter esperaba junto al oficial Chávez, con los nervios carcomiéndolo. Se sentía como un condenado aguardando su sentencia. Sabía que enfrentarse a los Falcone no sería fácil, y mucho menos después de lo ocurrido. Tragó saliva al ver las figuras