El conservatorio, a las siete de la tarde, se transformaba en un laberinto de ecos. La mayoría de los estudiantes ya se habían marchado, dejando tras de sí un silencio denso que solo era interrumpido por el murmullo de algún piano lejano o el sonido de las máquinas de limpieza en los pasillos principales. Sin embargo, en la Sala 4, el tiempo parecía haberse detenido en una dimensión diferente. Valeria no se había marchado después del ensayo. Se encontraba sentada en el suelo, con la espalda apo