El rastro de la policía era un callejón sin salida burocrático, pero el rastro de la calle era una criatura completamente distinta. Para el mundo del conservatorio, Dante Vega era un paria con chaquetas de cuero rotas; para los callejones del Distrito Sur, era el chico prodigio que había aprendido a transformar el rugido de las avenidas en música. Dante conocía las venas de la ciudad, y sabía que nada se movía bajo las farolas sin que alguien, en algún rincón, tomara nota de ello.
Pasadas las d