La comisaría central del distrito era un hervidero de luces fluorescentes parpadeantes, olor a café recalentado y el incesante tecleo de ordenadores antiguos. Julián se encontraba sentado en una de las oficinas privadas, con el rostro hundido entre las manos en una perfecta simulación de desesperación contenida. A su lado, el inspector jefe revisaba el informe impreso que Julián acababa de ratificar.
—Como le he dicho, inspector, todo esto es una anomalía absoluta en la rutina de Valeria —exp