La luz blanca de los focos halógenos cortaba la oscuridad del jardín como cuchillas fosforescentes, proyectando sombras alargadas y grotescas sobre el hormigón. Valeria ahogó un grito, dando un paso atrás instintivo, pero la mano de Dante se cerró con más fuerza sobre la suya. No era un agarre de pánico; era un ancla. Su pulso seguía siendo un ritmo constante, una línea de bajo firme en medio del caos que amenazaba con desatarse.
Julián dio un paso al frente, acomodándose los puños de su impeca