Oculto entre el denso follaje de los sauces llorones que delimitaban la propiedad rústica de Julián, unos ojos astutos y fijos no perdían un solo detalle de lo que ocurría bajo los potentes focos halógenos. Era Mateo, el mismo muchacho escurridizo del Distrito Sur que, apenas unas horas antes, le había vendido a Dante las coordenadas exactas de la finca.
Mateo no era un tipo propenso a la empatía; en las calles donde se había criado, la información era una mercancía y el sentimentalismo, un luj