La noche en el bosque del este era un manto negro y denso que amortiguaba los sonidos, convirtiendo cada crujido de hojas secas en una potencial alarma. Dante se movía entre los pinos como una sombra más, pegado a la tierra, controlando el ritmo de su propia respiración. Había dejado su coche a más de un kilómetro y se había aproximado a pie, estudiando los puntos ciegos de la propiedad. La finca rústica de Julián estaba rodeada por un muro de piedra alta coronado por alambres, pero para alguie