Melani Fernández
El trayecto a casa fue un borrón de luces de neón y frío filtrándose por la calefacción del Audi. Al entrar en el apartamento, el silencio fue la recepción. No era el silencio de la paz que se suponía que debería sentir plenamente, era un vacío cruel, un hueco en el pecho que amenazaba con ahogarme en medio de las cajas a medio llenar.
—No puedes irte así, Mel. Al menos no a ciegas —la voz de Elena rompió el hechizo.
Estaba sentada en el suelo, rodeada de cintas de embala