El silencio que siguió a la partida de Aras dejó un vacío gris. Melani se dejó caer en el sofá, ocultando el rostro entre las manos mientras la luz cruda del mediodía se filtraba por los ventanales de Nişantaşı, exponiendo el desorden de su "cuartel de guerra" sobre la mesa. El destino parecía haberse ensañado con ella, transformando su ascenso profesional en un campo de minas personal antes siquiera de haber tomado el primer café del día. No pudo ni respirar cuando el timbre de la puerta la hi