La mañana de del día siguiente no trajo la paz, sino una claridad despiadada. Melani se encontraba en la cocina, el sonido rítmico de la cafetera era lo único que llenaba el silencio denso de su apartamento . No había encendido las luces; la luz grisácea que se filtraba por las cortinas era suficiente para ver sus manos, que se movían con una precisión mecánica mientras preparaba su desayuno. No tenía hambre, pero sabía que necesitaba fuerzas.
Sobre la encimera de mármol, su teléfono vibraba