Melani Fernández
Cerré la puerta de mi oficina con un estruendo que resonó en mis oídos como el disparo de salida de una carrera que ya no quería correr.
—Uff ¿así de fuerte fue la tensión? me pregunté a mi misma. No miré atrás. Mis pasos sobre el mármol del pasillo eran firmes. Solo quería llegar al ascensor, bajar al estacionamiento y desaparecer de la vista de los Von Seidl para siempre. Pero el destino, o quizás el ego de una mujer insegura, tenía otros planes.
Al doblar la esquin