El sabor de las Cenizas

Diego

​El amanecer en Viena entró por las rendijas de las pesadas cortinas con una palidez grisácea, casi metálica. Me desperté antes que el sol, como siempre, pero esta vez no sentí la urgencia de saltar de la cama para revisar los mercados asiáticos. Me quedé inmóvil, escuchando la respiración pausada de Melani a mi lado. Estaba allí; su cuerpo generaba un calor que yo solía reclamar como mío, pero el muro que ella había levantado la noche anterior se sentía más sólido que las paredes de piedra de la villa.

​El rechazo de anoche me escocía en el orgullo más de lo que estaba dispuesto a admitir. No era solo el sexo; era la soberanía. Melani siempre había sido mi puerto seguro, el lugar donde las preguntas se silenciaban con caricias. Ahora, ese puerto parecía haber cerrado sus muelles para mí.

​Bajé al comedor después de una ducha helada que no logró despejarme la mente. Melani ya estaba allí. No vestía su bata de seda habitual; llevaba un traje de chaqueta azul oscuro, profesional, impecable, como si se preparara para una junta de accionistas y no para un desayuno de viernes. El sonido de los cubiertos contra la porcelana era el único diálogo en la sala. El café humeaba entre nosotros, pero el aroma a tostadas y fruta se sentía extrañamente rancio.

​—¿Dormiste bien? —pregunté, rompiendo la densa capa de cortesía que nos envolvía. Mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.

​—Como un tronco. Hacía tiempo que no descansaba con tanta claridad —respondió ella sin levantar la vista de su tableta, donde revisaba unas gráficas de fletes marítimos.

​Su respuesta me molestó. Esperaba ojeras, esperaba un rastro de la angustia que yo mismo había sentido al dar vueltas en la cama. Pero Melani se veía radiante, con una eficiencia fría que me recordaba peligrosamente a mi propio padre. Estaba pensativa, sí, pero no era la introspección melancólica de una mujer herida; era la concentración de alguien que está calculando una ruta de escape.

​La conocía muy bien. Era eso lo que me había gustado tanto de ella: su independencia y su mente siempre analítica. Pero hoy, ese intelecto estaba jugando en mi contra.

​—Estás muy callada hoy —insistí, dejando la taza sobre el plato con un golpe seco—. Ni siquiera has mencionado el itinerario para la gala de esta noche.—intenté llamar su atención con el trabajo.

​Melani dejó la tableta a un lado y, por primera vez en la mañana, me miró fijamente. Sus ojos, antes llenos de una devoción que a veces me sofocaba, ahora eran dos opacos cafés oscuros...amargos.

​—La gala será como todas las demás, Diego. Sonrisas ensayadas, acero y política. No hay mucho que discutir sobre lo previsible.

​Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Quería entrar en su cabeza, quería sacudir esa calma que me estaba volviendo loco. Ella no era así, solía hacer preguntas antes de cualquier evento, para no cometer ningún error, se tomaba seriamente su trabajo y ser mi esposa.

​—Me preocupa tu actitud. Si hay algo que quieras decir, si hay algún problema con el personal o con la logística de la casa...

​—No hay problemas con la logística, Diego —me interrumpió, y luego añadió con una naturalidad que me heló la sangre—: Por cierto, ahora que estamos hablando de cómo funcionan las cosas... ¿Cómo te sientes con nuestro matrimonio?

​La pregunta cayó sobre la mesa como un bloque de granito. Me quedé paralizado, con el aire atrapado en los pulmones. No fue un grito, no fue un reproche empapado en lágrimas. Fue una consulta casual, casi técnica, como si me estuviera preguntando por el rendimiento de una inversión a largo plazo que empezaba a dar pérdidas. Tragué saliva, sintiendo que el nudo de mi corbata me apretaba más de la cuenta. En mi mente, el rostro de ella, el fantasma que había vuelto a mi teléfono y a mis madrugadas, cruzó como un relámpago. ¿Lo sabía Melani? ¿Había llegado a saber algo más de ella?

Quería de vuelta a mi Melani espontánea de las mañanas, pero esto era algo nuevo, algo más frío.

​—¿A qué viene eso ahora, Mel? —logré decir, intentando recuperar mi máscara de hierro—. Estamos bien. Tenemos una posición, una vida estable, nos respetamos...

​—El respeto es el mínimo común denominador en un contrato, Diego. Yo hablo de la estructura —ella se recostó en su silla, cruzando las manos sobre la falda—. Siento que nuestro matrimonio se ha vuelto como una de tus terminales de carga en invierno: funcional por fuera, pero con los mecanismos internos congelados. Solo me preguntaba si tú también sientes ese frío. Hablaba en términos técnicos como si no quisiera darle calidez a nada.

​Me miraba esperando una respuesta, y por primera vez en mi vida, no supe qué decir. No podía decirle que estaba habitando un pasado que no la incluía. No podía decirle que su calidez me recordaba cada día lo mucho que yo estaba roto por dentro.

​—Creo que estás sobreanalizando las cosas —respondí, usando mi tono de clausurar debates—. Esta noche, en la gala, las cosas volverán a su lugar. El collar de zafiros te espera en el tocador.

​—Los zafiros son hermosos, Amor —dijo ella, levantándose de la mesa y recogiendo su maletín—, pero son piedras al fin y al cabo. Y las piedras no calientan una cama vacía. Nos vemos en la noche. Fue la despedida más fría que hubiera podido imaginar.

​La vi salir del comedor con una elegancia que me dolió. Me quedé solo frente a mi café frío, con la pregunta todavía flotando en el aire. Melani no me había acusado de nada, pero me había dejado claro que ya no era la inquilina ingenua de mi silencio. Ella estaba midiendo el grosor del hielo bajo sus pies, y yo me di cuenta, con un terror sordo, de que el hielo estaba a punto de quebrarse.

​Siempre supe que no era una simple joven. Weber me había hablado de ella en su primer año en el país; era un diamante en bruto de comercios internacionales que su familia buscaba pulir enviándola a las más prestigiosas universidades y empresas en Europa, pero que ella misma decidió enraizar a mi lado. Ahora, ese diamante empezaba a cortar, y yo no estaba seguro de poder detenerla.

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