Espejos empañados

Melani Fernández

La puerta de roble se abrió con un chasquido sordo, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que hizo bailar las cortinas de la estancia. Diego entró, sacudiéndose los restos de nieve de los hombros, trayendo consigo ese aroma a invierno y a colonia cara que solía inundar mis sentidos.

​Me quedé inmóvil en el ventanal, con la taza de té ya fría entre las manos. No me giré. No corrí a recibirlo con el beso que solía ser nuestro ritual de llegada. Simplemente escuché el sonido de su maletín golpeando el suelo de mármol y el roce de su abrigo al ser colgado en el perchero.

​—Buenas noches Cielo—dijo él. Su voz era estable, profunda, cargada de esa autoridad natural que siempre me había fascinado.

​—Buenas noches, Cariño—respondí, sin apartar la vista del reflejo de las luces de la calle en el cristal.

​Sentí sus pasos acercándose. Diego se detuvo a un par de metros de mí. El silencio que se instaló entre ambos no era el de la paz, sino el de una cuerda tensada al límite. Él esperaba el reclamo. Esperaba la pregunta sobre las dos horas de retraso, la queja por la cena fría o el reproche por su falta de atención. Estaba listo para desplegar su arsenal de excusas logísticas y promesas de joyas para el día siguiente.

​Pero yo no le di nada de eso, no porque no había nada que reclamar, porque realmente tenía muchas cosas que quería saber, que él mismo me contara, pero él, mientras más quería saber más se cerraba, y yo ya estaba cansada de insistir.

​—¿Te ha ido bien en la oficina? —pregunté, con una cortesía tan impecable como la suya. Era una pregunta vacía, lanzada al aire como quien comenta el clima. Esta iba ser de ahora en adelante mi forma de demostrarle lo que me hacía sentir a veces, con frases cortas.

​Diego guardó silencio un segundo de más. Lo vi por el rabillo del ojo; había ladeado ligeramente la cabeza, confundido por la falta de emoción en mi tono.

​—Reuniones de última hora. El puerto de Hamburgo tiene problemas con los suministros de acero por el temporal —contestó él, dando un paso más hacia mí—. Lo siento, se me hizo tarde.

​—Entiendo. El invierno suele complicar las cosas que deberían ser sencillas —dije, finalmente girándome para mirarlo.

​Le sostuve la mirada. No había lágrimas en mis ojos, ni ira, ni súplica. Había una calma gélida que parecía mimetizarse con el paisaje exterior. Y pareció muy creíble porque Diego me observó con una curiosidad que rayaba en la inquietud. Su "máscara de hierro" flaqueó por un instante. Estaba acostumbrado a una Melani que era fuego y pasión, una mujer que llenaba sus silencios con palabras cálidas. Ver mi rostro tan neutro como el suyo lo dejó sin guion. Pero yo en el fondo tenía un nudo apretándome el estómago, mis pensamientos hirviendo por salir, esa Melani que no quería quedarse callada, pero hoy había que encerrarla, para no terminar nuevamente en un silencio sin respuestas.

​—¿No vas a cenar? —preguntó él, buscando una grieta por donde entrar.

​—No tengo hambre, Diego. Me iré a descansar. Mañana tengo que revisar unos contratos de exportación temprano —le dediqué una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Que descanses.

​Caminé hacia las escaleras con paso firme. Al pasar a su lado, él extendió la mano, rozando mi brazo como queriendo detener el tiempo o, quizás, buscando comprobar si todavía yo seguía siendo de carne y hueso. Y lo peor era que yo quería eso, que me detuviera, que me preguntara porqué actuaba así.

​—Melani —susurró mi nombre, y por un segundo, creí detectar una nota de desesperación en su voz.

​Me detuve, pero no me volví hacia él.

—Dime.

​—¿Estás bien? Estás... diferente.

​—Solo estoy aprendiendo, Diego...solo estoy siguiendo tu ejemplo —respondí, mirándolo por encima del hombro—. Me dijiste una vez que en Austria las reglas son duras y que aquí se sobrevive adaptándose al entorno. Solo estoy siguiendo tu ejemplo.

Esperé su respuesta pero como siempre, hubo silencio.

​Lo dejé allí, de pie en medio de la sala iluminada, rodeado de su lujo y sus sombras. Diego no comprendía que el silencio de una mujer que siempre ha hablado con el corazón es mucho más peligroso que cualquier grito. Y estaba empezando a mostrarle ese lado de mí, para ver si reaccionaba, pero al parecerno funcionaba.

Subí las escaleras sintiendo el peso de su mirada clavada en mi espalda. Al entrar en la habitación, no encendí la luz principal; dejé que solo la pequeña lámpara de la mesa de noche bañara la seda de las sábanas con un resplandor tenue. Me desvestí con movimientos mecánicos, quitándome la armadura de mi ropa de día para quedar vulnerable, al menos en apariencia.

​Apenas me deslicé bajo las mantas, escuché la puerta abrirse. Diego entró con una lentitud inusual. No fue al vestidor; se sentó en el borde de la cama, justo al lado de mis pies. El aroma a tabaco frío y nieve que traía en la piel rompió la burbuja de mi aislamiento.

​—Mel —dijo, rompiendo el silencio—. Mañana hay una gala en la Ópera. Los directores de la acería estarán allí. Me gustaría que llevaras el collar de zafiros que te regalé el año pasado.

​Era su táctica clásica: negocios y joyas. El "lenguaje Von Seidl" en su máxima expresión. Intentaba normalizar la noche, fingir que mis ojos vacíos de hace un momento habían sido solo un espejismo.

​—Veré si combina con mi vestido —respondí con la voz amortiguada por la almohada, dándole la espalda.

​Sentí el colchón hundirse cuando se inclinó hacia mí. Sus manos, largas y expertas, se posaron en mi hombro y empezaron un masaje lento, buscando esa conexión física que siempre había sido nuestro lenguaje de reconciliación. Diego sabía que su cuerpo era su mejor arma; sabía que, en el pasado, un roce suyo bastaba para que mi resolución se deshiciera como escarcha al sol.

​—Estás muy tensa —susurró cerca de mi oído, y su aliento cálido me provocó un escalofrío que, esta vez, no fue de deseo, sino de rechazo—. Deja que te ayude a olvidar el día, intentó nuevamente borrar cualquier momento de conflicto.

​Su mano bajó por la curva de mi cadera, buscando mi piel bajo la seda del camisón. Era su forma de buscar esa "calma en el placer" donde él se sentía seguro, donde las preguntas no existían y él podía seguir siendo el dueño de mi mundo. Pero esta vez, mi piel reaccionó como si lo tocara un extraño.

​Le detuve la mano con una firmeza que lo dejó helado.

​—Hoy no, Diego —dije, apartándome sutilmente hacia el borde de la cama—. Estoy realmente cansada. Y me duele un poco la cabeza. Mañana será un día largo para ambos.

​El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Diego retiró la mano como si se hubiera quemado. En dos años, yo nunca le había negado mi cuerpo; incluso en mis días más tristes, buscaba en él un consuelo que él me daba a cuentagotas. Verlo ahora, rechazado en su propio terreno, fue una pequeña y amarga victoria.

​Él no insistió. No era un hombre que suplicara. Se levantó de la cama con una rigidez que delataba su orgullo herido y se encerró en el baño sin decir una palabra más.

Hasta para eso, reinaba el silencio.

​Mientras escuchaba el sonido del agua de la ducha, me quedé mirando el techo, perdida en un laberinto de cálculos. Mi mente de experta en comercio internacional empezó a desglosar nuestra relación como si fuera un contrato defectuoso. ¿Debería enfrentarlo con el nombre de ella y exigir mi libertad? ¿O era mejor esperar a que él mismo, asfixiado por mi indiferencia y el regreso de su fantasma, se viera obligado a proponer la ruptura?

​La separación no era solo un asunto del corazón; para una mujer en mi posición, en un país que no era el mío, era una estrategia de supervivencia. Evalué mis opciones: mi cuenta bancaria personal, mis contactos en las navieras, la posibilidad de volver a Venezuela o de mudarme a otro rincón de Europa donde el apellido Von Seidl no fuera una sombra constante.

​Cerré los ojos cuando escuché a Diego salir del baño. Él se acostó al otro lado de la cama, dejando un abismo de metros de distancia emocional entre nosotros. En la oscuridad, duramente comprendí, que se comporten correctamente contigo no significa que te amen, el amor no debería sentirse como seguir un manual de indicaciones.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP