El vals de los intrusos

Melani

​La Ópera de Viena era un hervidero de diamantes, perfumes caros y susurros en alemán que cortaban el aire como cuchillas de cristal. Diego caminaba a mi lado, su mano firme en mi cintura, pero yo sentía su tensión irradiando a través de la tela de su esmoquin. Estaba alerta, como un animal que ventea el peligro en un bosque que creía dominar.

​Me alejé un momento hacia la mesa de las bebidas para buscar una copa de agua mineral. No quería que el champán nublara mi juicio; esta noche necesitaba cada uno de mis sentidos en estado de alerta. Fue entonces cuando la sentí. No fue un ruido, sino un cambio en la temperatura a mi espalda.

​—Los zafiros le sientan bien, señora Von Seidl. Aunque siempre he pensado que el azul es un color que denota cierta... distancia emocional.

​Me giré lentamente. Frente a mí, una mujer de una belleza afilada y aristocrática me observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos verdes. Vestía de un terciopelo negro tan profundo que parecía absorber la luz de las lámparas de araña. No necesitaba que nadie me dijera su nombre; el aire a su alrededor olía a una nostalgia peligrosa.

Y su última frase venía con una advertencia en el primer encuentro. Como si nos conociéramos de toda la vida.

​—Verónica, supongo —dije, sosteniéndole la mirada con la calma que solo una venezolana que ha sobrevivido a mil tormentas puede fingir.

​—Me impresiona que sepa quién soy. Diego siempre fue tan... reservado con sus tesoros —ella dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una elegancia insultante—. Soy Verónica. Una vieja amiga de la familia. O quizás, algo más que eso, dependiendo de a qué parte de la historia le pregunte a su marido.

Ella era increíble, no actuaba para nada, venía directamente por mí, o mejor dicho por él. Sin anestesia y al punto.

​—La historia tiene la mala costumbre de ser reinterpretada por quienes no supieron cuidar su lugar en ella —respondí, dándole un sorbo a mi agua con una tranquilidad que no existía pero que pareció irritarla—. Pero dígame, ¿qué la trae de vuelta a Viena? ¿Se le acabó el acero en el extranjero o simplemente extrañaba el frío de esta ciudad?

​Verónica soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.

​—Extrañaba lo que es mío, Melani. Hay hilos que nunca se cortan, por mucho que se intenten anudar a otros nuevos. Diego y yo compartimos una estructura que una... —nos miró de arriba abajo— ...recién llegada, difícilmente podría comprender.

​En ese momento, sentí la presencia de Diego antes de escucharlo. Se detuvo a mi lado, y el silencio que cayó sobre nosotros tres fue tan pesado que juraría que las notas de la orquesta se distorsionaron.

​—Verónica —la voz de Diego fue un susurro roto, una mezcla de horror y una fascinación que intentó ocultar tras su máscara de hierro.

​—Hola, Diego —dijo ella, y por un segundo, su voz se volvió suave, casi íntima, ignorándome por completo—. Veo que sigues teniendo buen gusto para las joyas. Es adecuada para ella...

​Diego me miró, y luego a ella. Estaba pálido. El hombre que gestionaba puertos internacionales y crisis de logística parecía no saber dónde poner las manos. La "soberanía" de la que tanto se jactaba se estaba desmoronando frente a la mujer que, evidentemente, todavía habitaba sus pesadillas. Ver cómo mi hombre de acero, frío e implacable, vacilaba ante su presencia me rompió el corazón. Pero sobre todo porque al fin entendía que cada detalle costoso traía un significado que ellos entendían.

​—No sabía que estarías aquí —logró decir Diego, recuperando parte de su compostura, aunque sus nudillos blancos sobre la copa de whisky lo delataban.

​—Viena es pequeña, Diego. Y los Von Seidl siempre son el centro de atención —Verónica volvió a mirarme, esta vez con una chispa de desafío puro—. Ha sido un placer, Melani. Espero que disfrute la gala. Pero recuerde lo que dicen en estas tierras: la nieve puede cubrir las ruinas durante un tiempo, pero cuando llega el deshielo, todo lo que estaba oculto vuelve a la superficie.

​Se alejó con la confianza de una reina que acaba de declarar una guerra sin disparar una sola bala. Diego se quedó inmóvil, mirando su espalda como si acabara de ver un fantasma que no estaba listo para exorcizar.

​Yo, en cambio, sentí una extraña claridad y un vacío profundo. El miedo que había sentido por la mañana se había transformado en algo sólido. Ya no había dudas. El "frío" del que hablábamos en el desayuno tenía nombre, apellido y un vestido de terciopelo negro.

​—¿Estás bien? —le pregunté a Diego, mi voz sonando extrañamente suave en medio del caos de mi pecho.

​—Sí... es solo... una conocida del pasado —mintió él, sin ser capaz de mirarme a los ojos.

​—Una conocida que habla como si todavía tuviera las llaves de tu casa, Diego —le corregí, dándole la espalda para dirigirme al palco—. Vamos. La función está a punto de empezar —agregué tratando de no darle importancia, pero aquello era una mentira.

​El vacío se hacía más grande a medida que pasaban las horas. Mi mente no lograba sacar de su foco las palabras de esa mujer, y Diego parecía perdido en sus propios pensamientos. Pensamientos que claramente no me incluían, ya que sus ojos recorrían el lugar buscando algo perdido que necesitaba encontrar urgentemente.

​Por cómo pintaba la situación, me esperaban días nublados en los que tal vez no encontraría lugar donde refugiarme. Busqué con la mirada a mi hombre, esperando que, como siempre, me pidiera regresar a nuestro hogar. Pero no sucedió. Era la primera vez que me dejaba sola en medio de un evento, sin siquiera decirme nada.

​Por un segundo, la Melani de hace tres años hubiera buscado la salida más cercana para llorar en la oscuridad de un taxi. Pero la Melani de hoy, la que había aprendido que en Austria el hielo solo se combate con acero, enderezó la espalda. Me acerqué a un camarero y tomé una copa de champán. El líquido burbujeante quemó mi garganta, recordándome que seguía viva, que seguía siendo dueña de mis pasos.

​—Una mujer con una copa en la mano y los ojos encendidos es una mujer peligrosa, Melani.

​Me giré. Hans von Seidl, mi suegro, me observaba con la misma mirada analítica con la que su hijo solía estudiar sus libros de logística. Él lo había visto todo. Su posición en el palco lateral le había permitido ser el espectador de honor del desmoronamiento de Diego y la reaparición de Verónica.

​—Solo estoy disfrutando de la gala, Sr Hans —respondí, manteniendo la copa firme—. La función de hoy tiene giros que no esperaba.

​Él dio un paso hacia mí, ignorando la música. Sus ojos eran dos esquirlas de hielo antiguo.

​—No nos andemos con rodeos. He visto a Diego. He visto a esa mujer. Y te he visto a ti, manteniendo la firmeza mientras mi hijo perdía el suyo —hizo una pausa, bajando la voz a un tono que solo yo podía oír—. Los Von Seidl no nos divorciamos, Melani. Protegemos lo que hemos construido. Pero la estructura de un edificio solo es estable cuando tiene un cimiento sólido.

​—¿A qué se refiere? —pregunté, sintiendo una nueva clase de frío recorriéndome la nuca.

​—Llevan dos años casados. Diego está disperso porque no tiene algo que lo ancle a este presente. Necesita un heredero —Hans me miró directamente al vientre, con una frialdad que me hizo sentir como una simple pieza de maquinaria—. Si quieres asegurar tu lugar en esta familia, si quieres que Diego deje de buscar fantasmas en la nieve, dale un hijo. Un Von Seidl de sangre nueva es la única garantía de que este matrimonio no termine en las ruinas.

​Me quedé sin palabras. Mi suegro no me estaba ofreciendo consuelo; me estaba ofreciendo un trato. Me pedía que trajera una vida al mundo para salvar un contrato que ya estaba roto por dentro.

​—Piénsalo, Melani —añadió él, dándome un leve toque en el brazo antes de retirarse—. En este mundo, la belleza se marchita y los sentimientos fluctúan, pero la sangre es lo único que pesa.

​Me quedé sola de nuevo, con la copa de champán a medio terminar y el peso de su propuesta hundiéndome los hombros. Miré a mi alrededor, buscando a Diego, pero solo vi sombras y diamantes. Mi suegro quería un heredero; Verónica quería mi vida; y yo... yo solo quería saber qué había salido mal en mí. Que no pude con un fantasma de mi esposo...

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP