La mañana del viernes entró con una pesadez inusual en el edificio Köksal. Ishak había sido tajante al teléfono: quería a su sobrino en su despacho antes de que comenzara la jornada operativa. No era una invitación, era una citación del patriarca, aunque para Aras, los rangos familiares empezaban a estorbarle tanto como una corbata mal ajustada.
Aras cruzó el umbral de la oficina sin llamar. Entró con la zancada de quien es el dueño absoluto de cada metro cuadrado de aquel imperio, ignorando