Aras Köksal
Cerré la puerta del despacho de Ishak con una suavidad que resultaba más amenazadora que un portazo. Mis pasos resonaron en el mármol del pasillo con una cadencia militar. No estaba furioso; la furia era una emoción inútil que nublaba el juicio. Lo que sentía era una frialdad analítica. Mis tíos habían jugado su carta más alta —el pasado de Melani— y yo la había quemado frente a sus ojos. Pero conocía a mi sangre. Los Köksal no retrocedían, solo cambiaban de táctica.
Al llegar