Diego
El golpe en mi pecho todavía vibraba, pero el fuego en los ojos de Melani quemaba más. Intentó zafarse para subir las escaleras, para huir de mi presencia, pero mi instinto —ese animal posesivo que siempre oculté bajo trajes a medida— tomó el mando. La sujeté por las muñecas antes de que pudiera dar un paso.
—¡No! —rugí.
—¡Suéltame, Diego! —gritó ella, forcejeando con una energía que me pilló desprevenido.
La obligué a quedar frente a mí, atrapada entre mis manos y mi propia de