Diego
Entré en la villa como un huracán, rompiendo el silencio sagrado de los pasillos.
—¡Melani! —mi voz rebotó en las paredes de mármol, pero no hubo respuesta.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón martilleando contra mis costillas. Entré en nuestra habitación, en su vestidor, incluso en el baño, esperando encontrarla allí, quizás llorando, quizás enfurecida, pero presente. Nada. La cama estaba perfectamente hecha, fría, como si nadie hubiera dormido en ella en años. El pá