El aire que entraba por el ventanal no era el de Estambul. Era un aire demasiado puro, frío y cargado de un aroma a pino y nieve que, aunque le resultaba extraño, se sentía perturbadoramente familiar. La habitación, además, poseía una pulcritud aséptica, casi quirúrgica, que le resultaba abrumadora.
Melani abrió los ojos lentamente, como si cada párpado pesara una tonelada. La luz de la mañana le provocó una punzada de dolor que le atravesó el cráneo. El recuerdo del accidente —el coche gira