—No tenías porqué hacerlo —replicó ella, sosteniéndole la mirada con un desafío que le costaba el aliento—. De todas formas, él me iba a encontrar.
Von Seidl no se inmutó. No hubo un cambio brusco en su expresión, ni un gesto de ira; simplemente entrelazó las manos a la espalda, manteniendo esa postura impecable que siempre lo definía. Su molestia no se manifestaba en gritos, sino en una especie de quietud eléctrica, mucho más pesada y difícil de ignorar.
—Tenía porqué hacerlo —respondió él,