Caminaba desesperada de un lado a otro en medio de la sala de mi apartamento, con mi mente enredada en el caos que Felix acababa de revelar. Mis pasos eran rápidos, erráticos, mientras trataba de juntar las piezas de todo. Al otro lado de la sala, Mia escribía frenéticamente en su computadora, haciendo que Félix repitiera partes clave, aunque cada palabra parecía arrancarle un gemido de dolor por la golpiza que había recibido.
—¡Me estás mareando! ¡Siéntate ya! —dijo Mia, dejando sus anteojos