Limpiándose la lágrima con el dorso de la mano, Elena se paró del sillón. La melancolía seguía ahí, pero ahora estaba envuelta en una capa de pura determinación. Ya no se trataba solo de estupido orgullo; se trataba de proteger su estabilidad, su sueldo y el bienestar de su familia.
Si tenía que actuar el papel de la novia del empleado más codiciado de la oficina para mantener su puesto, lo haría mejor que cualquier actriz de Hollywood.
Caminó hacia el placard, encendió la luz y empezó a