Mientras tanto, en el último piso, Julián contemplaba la ciudad desde el enorme ventanal de su nueva oficina. El papeleo de la transición se acumulaba sobre su escritorio de caoba y su asistente carraspeó, recordándole la agenda de la tarde. Julián no escuchaba. Tenía el teléfono en la mano, debatiéndose entre llamarla o dejar que las cosas se enfriaran.
Sabía que cada movimiento suyo hacia el sector de Elena ahora pasaría por el filtro de Recursos Humanos y la junta de accionistas. El poder