El salón parecía haberse quedado sin oxígeno. El silencio era tan pesado que el zumbido del aire acondicionado sonaba como un estruendo. Martina, que un segundo antes se preparaba para ser la mano derecha del nuevo directivo, estaba paralizada. Sus ojos, antes llenos de soberbia, ahora recorrían el rostro de Julián buscando un rastro del "empleado" que ella había tratado con tanta condescendencia, pero solo encontró al hombre que, en un giro de poder, ahora tenía las llaves de su futuro.
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