El almuerzo transcurrió bajo una vigilancia microscópica. Elena optó por quedarse en su escritorio, fingiendo un repentino interés por un informe que ya había memorizado la semana pasada. Comer en el comedor principal habría sido equivalente a entrar a un coliseo romano sin escudo; las preguntas capciosas de sus compañeros y las miradas de reojo de Martina eran un precio que no estaba dispuesta a pagar.
A las dos de la tarde, un correo electrónico general del departamento de Recursos Humano