El hemiciclo del Senado vibraba como una caldera a punto de estallar.
Los escaños del bloque conservador se agitaban en protesta. Los senadores gritaban, se interrumpían unos a otros, levantaban los puños en el aire como si quisieran imponer sus palabras por fuerza. En el centro del recinto, el presidente del Senado intentaba en vano devolver el orden, mientras las cámaras captaban cada segundo en alta definición.
—¡¡No cambiaremos ni una coma!! —bramó Gneo Valerio Rufus, erguido como una colum