El debate legislativo sobre el artículo 27 había sido suspendido sine die.
Ni los senadores más vocales se atrevieron a retomar la discusión tras el ataque. Roma necesitaba tranquilidad y duelo.
Días después, en el Atrium Vestae, no quedaban rastros del humo ni del pánico. Solo el eco constante de escobas, cántaros de agua y cánticos bajos, como una respiración colectiva.
Las vestales trabajaban en absoluta serenidad , rodeadas por mujeres elegidas para asistir en la reconstrucción del templo.