Renato siempre dejaba un coche extra en el estacionamiento a disposición de Sara, así que, en circunstancias normales, bastaría con llamar al chofer. Pero en ese momento no había tiempo para esperar a nadie. Con las manos aún temblorosas, tomó las llaves y decidió conducir por su cuenta. La urgencia hablaba más fuerte que cualquier cautela.
En cuanto salió del edificio, subió al coche y arrancó casi en automático. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía impedir cualquier pensamiento organ