Cuando los rayos de sol invadieron la habitación, Sara despertó. Aún tenía la cabeza apoyada en el pecho de su marido y así se quedó, sin querer moverse, con miedo de que cualquier movimiento la arrancara de ese lugar que, esa mañana, parecía ser el único lugar del mundo donde quería estar.
Permaneció así un rato, escuchando el ritmo lento de su respiración, recorriendo con la mirada cada detalle de su rostro relajado por el sueño. Había algo distinto en Renato cuando dormía; su expresión parec