Algunos meses después.
En la oficina de la empresa, Sérgio Lemos mantenía los codos apoyados sobre el escritorio, mientras escondía el rostro entre las manos, como si intentara, inútilmente, huir de su propia realidad.
El último cliente. El único que aún sostenía lo que quedaba del negocio acababa de cancelar todos los contratos y, con eso, ya no había salida.
La quiebra ya no era una posibilidad, era un hecho.
Soltando un suspiro pesado, se pasó las manos por el rostro antes de mirar los papel