—Sérgio, no inventes tomar ninguna decisión sin avisarle a nuestra hija.
—¿Avisarle? —repitió, soltando una risa irónica. —Curioso… cuando ella decidió meternos en esta situación, no le avisó a nadie.
—Sabes que ella sufre por esto.
—¿Y qué me importa su sufrimiento? —replicó, frío. —No estoy en posición de quedarme de brazos cruzados mientras aún existe una salida.
Soraya frunció el ceño.
—¿Qué salida es esa? ¿De quién es esa tarjeta?
Ni siquiera se molestó en responder.
—No me hagas preguntas