Después de volver a la habitación, Sara cerró la puerta y corrió hacia la ventana, buscando aire como si sus pulmones estuvieran fallando.
El viento entró, frío, golpeando su rostro, pero no fue suficiente para calmar el huracán que sentía por dentro. Apoyando las manos en el alféizar, miró hacia afuera, intentando aferrarse a cualquier cosa que no fuera el recuerdo de lo que casi había ocurrido.
Llevando los dedos a los labios, aún sentía el contacto y el sabor del error.
—No seas débil, Sara…