La tensión entre los dos hombres en el despacho estaba al máximo. Ninguno quería ceder, pues sabía que el primero que cediera tendría sus voluntades anuladas.
—Théo, no te olvides de que soy tu abuelo, fui yo quien te crió. Desde que tus padres murieron, fui yo quien te educó para que te convirtieras en el hombre que eres hoy. No intentes usar lo que sabes para ir contra mí; puedes tener la certeza de que, del mismo modo que te puse allá arriba, ¡puedo derribarte! —Joaquim amenazaba.
—Si cree q