Mientras una mano paseaba por la cintura, la otra tiraba del cabello de Maia, levemente, sin dejar que ella se alejara ni un milímetro para respirar. Aquello estaba mejor que la primera vez que se atrevió a besarla y no quería que terminara nunca.
Maia, por su parte, se sentía acorralada en una trampa, y por más que aquello estuviera bueno —pues no podía negar que estaba gustando—, sabía que era peligroso.
No había motivos para que Théo la besara, a no ser para masajear su propio ego y eso ella