La carretera estaba casi vacía.
Las luces del auto de Sebastián cortaban la oscuridad mientras el paisaje cambiaba lentamente de ciudad a campo abierto. A esa hora, la mayoría de los carros ya no transitaban por ahí, y el silencio del viaje se había vuelto casi hipnótico.
Alejandra miraba por la ventana, observando las sombras de los árboles pasar rápidamente.
—¿Cuánto falta? —preguntó finalmente.
Sebastián miró el tablero del auto.
—Unas tres horas más.
Alejandra soltó un pequeño suspiro.
—Pen