Los monitores sonaban igual que siempre.
Ese ritmo constante, mecánico, que Valentina había aprendido a ignorar durante el día y que de noche se volvía lo único real en la habitación. Eran las dos de la mañana. La enfermera había pasado a las once y no volvería hasta las seis. Afuera del hospital, Milán existía sin saber nada de lo que ocurría en esa cama.
Dejó el abrigo sobre la silla. Se sentó junto a Dante.
El mundo de la mafia no perdona la debilidad, y Valentina lo sabía mejor que nadie. C