Marcos detuvo el auto en el callejón trasero del Hotel Rosa exactamente veinte minutos después de cortar la comunicación con la mansión. Mantuvo el motor encendido unos segundos, observando las ventanas del cuarto piso a través del parabrisas. A su lado, el asiento del acompañante seguía ocupado por el teléfono encriptado que todavía conservaba el calor de la última orden de Valentina. El juego de la espera legal se había terminado para todos.
—Tres minutos —dijo Marcos, girando el cuerpo hacia