El último día Dante no preguntó nada.
Se levantó, preparó el desayuno él mismo esta vez sin que nadie se lo pidiera, lo subió, y cuando Valentina abrió los ojos y lo encontró sentado en el borde de la cama con la bandeja en las manos, algo en su cara era diferente a los días anteriores.
Más quieto. Menos esa urgencia contenida que había estado ahí desde el jueves.
—¿Cómo dormiste? —preguntó Valentina, incorporándose.
—Bien. —Dante dejó la bandeja sobre la mesita. —¿Y vos?
—Bien. —Lo miró con es