Lejos de ahí, en la comisaría, las horas seguían pasando con una lentitud que parecía casi intencional, como si el tiempo mismo quisiera castigar a todos los involucrados. El silencio del lugar era espeso, denso, cargado de murmullos apagados, pasos que resonaban a lo lejos y teléfonos que sonaban sin descanso. El ambiente olía a estrés, a sudor, a papeles viejos y a desesperación acumulada.
Stelle había visto a su padre apenas unos minutos antes. Él, con los ojos enrojecidos y el corazón destro