Lejos de ahí, en la comisaría, las horas seguían pasando con una lentitud que parecía casi intencional, como si el tiempo mismo quisiera castigar a todos los involucrados. El silencio del lugar era espeso, denso, cargado de murmullos apagados, pasos que resonaban a lo lejos y teléfonos que sonaban sin descanso. El ambiente olía a estrés, a sudor, a papeles viejos y a desesperación acumulada.
Stelle había visto a su padre apenas unos minutos antes. Él, con los ojos enrojecidos y el corazón destrozado, le había jurado—con la voz rota—que encontraría la manera de sacarla de ahí. No importaba lo que costara. No importaba quién se interpusiera. Era su hija, su niña, y él pelearía con el infierno entero si era necesario.
Travis, por su parte, estaba en el otro extremo del pasillo, discutiendo, firmando papeles, peleando con cada palabra. Había agotado todos sus contactos, había exigido explicaciones, había intentado convencer a quien fuera… y, aun así, todo parecía estancarse, como si un mur