—¡Levántate, Liam! ¡No puedes hacerte esto!
La voz de Travis retumbó en aquel bar vacío, impregnado de olor a alcohol viejo y derrota. Liam apenas reaccionó. Estaba tirado en el suelo, con la camisa arrugada, el cabello pegado a la frente por el sudor y las lágrimas. Cuando levantó la mirada hacia su padre, la confusión en sus ojos se mezcló con un dolor profundo, casi insoportable. Solo murmuraba un nombre entrecortado, una letanía que demostraba que su alma seguía atada a la misma persona.
—A