—¡Amara, no es lo que parece! —gritó Liam, con la voz hecha pedazos, como si cada palabra fuera un intento desesperado por recuperar lo que quedaba de su mundo.
Pero Amara ya no era la misma mujer que solía correr a sus brazos. Esta vez no se movió, no titubeó, no lloró. Solo sintió ese dolor frío, profundo, que nace cuando un corazón se rompe por segunda vez. Un dolor más silencioso, más maduro… más mortal.
Negó lentamente, como quien acepta una verdad que jamás quiso conocer.
—No creo nada —di