Amara caminó por el largo pasillo hasta la habitación de servicio con pasos lentos, arrastrados, como si cada uno pesara toneladas. La puerta se cerró tras ella con un chasquido seco que retumbó en su pecho. Su corazón latía con una fuerza irregular, como si quisiera escapar de su cuerpo.
Observó el pequeño espacio donde ahora tendría que vivir.
No había ventanas amplias ni cortinas elegantes, no había alfombras suaves ni un aroma cálido. Solo una cama angosta, un colchón duro como la piedra, un