Amara caminó por el largo pasillo hasta la habitación de servicio con pasos lentos, arrastrados, como si cada uno pesara toneladas. La puerta se cerró tras ella con un chasquido seco que retumbó en su pecho. Su corazón latía con una fuerza irregular, como si quisiera escapar de su cuerpo.
Observó el pequeño espacio donde ahora tendría que vivir.
No había ventanas amplias ni cortinas elegantes, no había alfombras suaves ni un aroma cálido. Solo una cama angosta, un colchón duro como la piedra, una mesa vieja y un foco amarillento que parpadeaba con molestia.
Era como entrar en otra vida. Una vida donde ya no era la prometida del hombre que amaba, sino la empleada invisible de una casa que alguna vez fue casi suya.
Se sentó lentamente en la cama.
El colchón se hundió apenas, crujió incluso, y un frío desagradable la recorrió desde la espalda hasta los pies.
Se recostó, cubriéndose el rostro con las manos mientras su respiración se agitaba.
“Lo merezco…”, pensó, dejando que la culpa la en